Ser revolucionario político en los años sesenta se había convertido en algo nuevo. En Francia en 1789, en Rusia en 1917, en China en 1949 o en Cuba en 1959 estaba claro qué era hacer una revolución: asaltar físicamente la sede del pode; matar, expulsar o encarcelar a quienes lo detentaran y sustituirlos. Quizá los más violentos hijos de los sesenta, motivados precisamente por la Revolución cubana, creían que ese modelo revolucionario iba a seguir siendo posible, pero no lo era, al menos no en el mundo desarrollado.
— ‘La revolución divertida’. Ramón González Férriz
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