Portadas, fotos, viñetas, citas, vídeos y también posts. Fogonazos que van más allá de los 140 caracteres.
Pocas personas entienden la psicología del trato con un poli de tráfico de autopista. El tipo normal que va a gran velocidad se aterra y se hace a un lado inmediatamente cuando ve detrás la gran luz roja… y entonces empiezan las disculpas, el pedir piedad.
Esto es un error. Provoca desprecio en el corazón del poli. Lo que hay que hacer cuando vas a ciento sesenta o así y de pronto ves un patrullero parpadeando su luz roja detrás… bueno, lo que uno quiere hacer entonces es acelerar. No pares nunca al primer aullido de sirena. Aprieta a fondo y obliga al cabrón a cazarte a velocidades superiores a los ciento noventa. Te seguirá hasta la próxima salida. Pero no sabrá qué hacer cuando tu luz roja diga que vas a girar a la izquierda.
Esto es para indicarle que estás buscando el lugar adecuado para parar y hablar… tú sigue dando la señal y espera que aparezca una rampa de desvío, una de esas en cuesta de curva muy cerrada, con un letrero que dice “Velocidad Máxima 25”… y la táctica, entonces, es dejar bruscamente la autopista y meterte por el tobogán por lo menos a ciento sesenta.
Él apretará los frenos más o menos a la vez que aprietes tú los tuyos, pero tardará un momento en darse cuenta de que está a punto de hacer un giro de ciento ochenta grados a esa velocidad… y tú sin embargo estarás preparado para él, fortalecido del pie, y con un poco de suerte, habrás parado en seco a un lado de la carretera al final de la curva y estarás de pie junto a tu automóvil cuando él te alcance.
Al principio, no se mostrará razonable… pero no importa. Déjale que se calme. Querrá decir la primera palabra. Déjale que lo haga. Su cerebro estará hecho un lío. Quizás empiece a balbucir, e incluso puede que saque el revólver. Déjale que se desahogue. Tú sonríe. La cosa es indicarle que tú tenías un control total sobre ti mismo y sobre tu vehículo… mientras que él perdió el control de todo.
Es útil tener una placa policía/prensa en la cartera cuando se calme lo suficiente para pedirte el carnet. Yo tenía una… pero también tenía una lata de cerveza en la mano. No me di cuenta de que la tenía hasta ese momento. Me sentía con un control completo de la situación… pero cuando bajé la vista y vi aquella pequeña bomba-prueba rojo/plata en mi mano, me di cuenta de que estaba jodido…
El exceso de velocidad es una cosa, pero Conducir Borracho es otra muy distinta. El poli pareció captar esto: que yo había estropeado toda mi representación al olvidarme de la lata de cerveza. Se relajó, llegó incluso a sonreír. Yo hice lo mismo. Porque los dos comprendimos, en aquel momento, que mi número de bombardero borracho había sido una pérdida total de tiempo: nos habíamos meado de miedo los dos por nada en absoluto, porque el hecho de que yo tuviese aquella lata de cerveza en la mano descartaba por completo cualquier discusión sobre un “exceso de velocidad”.
Aceptó mi cartera abierta con la mano izquierda y luego extendió la derecha hacia la lata de cerveza.
—¿Puedo coger eso? —preguntó.
—¿Por qué no? —dije.
La cogió, luego la alzó entre los dos y vertió la cerveza en la carretera. Yo sonreí, despreocupado ya.
Normalmente, Breslin no se sentaba delante de su máquina de escribir hasta las 16.00, o incluso más tarde, y luego trabajaba como un loco hasta su hora de entrega, 17.30. “Cuando todos los demás se dirigían al metro para volver a casa, yo iba en dirección contraria, camino de mi máquina de escribir en el Trib”, dijo Breslin. “Aquello me hacía sentir culpable, pero nunca se me pasó el plazo de entrega”. Breslin se dejaba caer en la silla de la redacción, se encorvaba, según Wolfe, “como una bola de bolos. Empezaba a beber café y a fumar cigarros hasta que su cuerpo emanaba vapor. Parecía un abola de bolos llena de oxígeno líquido. Una vez prendida la mecha, empezaba a teclear. Nunca he visto a nadie escribir tan bien bajo la presión de enfrentarse a un plazo de entrega diario”. Cuando sacaba la última hoja de la máquina de escribir, su escritorio ya estaba cubierto por un mar de notas estrujadas y vasos desechables para el café, y su texto era una tela de araña compuesta de tachones hechos a mano y apuntes garabateados. De alguna manera las palabras siempre acababan impresas en la página.
(…)
Breslin no podía soportar el periodismo en manada; si un puñado de periodistas se dirigía fervientemente hacia una dirección, él tomaba el camino opuesto en busca de la única y verdadera crónica.
El martes 19 de noviembre de 1963, Richard Helms llevó a la Casa Blanca una metralleta belga oculta en una bolsa de viaje de una compañía aérea.
Eñarma era un trofeo de guerra; la CIA se había apoderado de un alijo de tres toneladas de armamento que Fidel Castro había tratado de introducir clandestinamente en Venezuela.
(…)
Helms metió de nuevo el arma en la bolsa y dijo: “Suerte que el servicio secreto no nos ha pillado entrando aquí con esta arma”. El presidente [Kennedy], sumido en sus pensamientos, apartó la vista de la ventana y le estrechó la mano a Hels. “Sí -le dijo con una sonrisa-. Eso me da una gran tranquilidad.”
El viernes siguiente (…) llegó la terrible noticia. Habían disparado al presidente.
El primero de enero de 1959, Richard Bissell se convirtió en el jefe del servicio clandestino. Aquel mismo día, Fidel Castro accedía al poder en Cuba. Un relato secreto de la CIA desenterrado en 2005 describía con detalles cómo se tomó la agencia aquella amenaza.
La agencia observaba detenidamente a Fidel, ya uq eno sabía qué hacer con él. “Muchos observadores serios creen que su régimen se desmoronará en cuestión de meses”, predecía Jim Noel, el jefe de la base de la CIA, cuyos agentes llevaban demasiado timepo informando desde el Club de Campo de La habana. En el cuartel general de la agencia, algunos creían que Castto merecía las armas y el dinero de la CIA. Al Cox, jefe de la división paramilitar, propuso “establecer contactos secretos con Castro” y ofrecerle armas y municiones para establecer un gobierno democrático. Cox les dijo a sus superiores que la CIA podía enviarle las armas a Castro en un barco de tripulación cubana. Pero “la manera más segura de ayudar sería darle el dinero a Castro, con el que luego podría comprar sus propias armas -escribía a sus superiores-. Una combinación de armas y dinero probablemente sería mejor”. Cox era alcohólico, y puede que tuviera la mente algo nublada, pero lo cierto era que unos cuantos más de sus colegas pensaban igual. Por entonces “mi personal y yo éramos todos fidelistas”, diría muchos años después Robert Reynolds, jefe de la división de operaciones caribeñas de la CIA.
En abril y mayo de 1959, cuando el ya victorioso Castro visitó Estados Unidos, un agente de la CIA se entrevistó personalmente con él en Washington. Le describió como “un nuevo líder espiritual de las fuerzas democráticas y antidictatoriales de Latinoamérica”.
Fuente: ‘Legado de cenizas’, Tim Weiner.